Oscar Wilde
(1854-1900)

Novelista, poeta, crítico literario
y autor teatral de origen irlandés,
gran exponente del esteticismo
cuya principal característica
era la defensa del arte por el arte.

Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde
nació el 16 de octubre de 1854,
en Dublín y estudió en el Trinity College
de esa ciudad.

De joven solía participar en las reuniones literarias organizadas por su madre.
Más tarde, siendo estudiante
de la Universidad de Oxford,
destacó en el estudio de los clásicos
y escribió poesía;
su extenso poema Ravenna
ganó el prestigioso premio Newdigate en 1878,
y convirtió el estilo bohemio de su juventud
en una filosofía de vida.

En Oxford, recogió la influencia de innovadores estéticos como los escritores Walter Pater y John Ruskin.

De carácter excéntrico, el joven Wilde
llevaba el pelo largo y vestía pantalones
de montar de terciopelo.
Su habitación estaba repleta de objetos de arte,
como girasoles, plumas de pavo real
y porcelanas de china.
Sus actitudes y modales fueron repetidamente ridiculizados en la publicación satírica Punch
y en la ópera cómica de
Gilbert y Sullivan Paciencia.

Fragmento de El Retrato de Dorian Grey
Hacía una noche tan deliciosa y tan templada
que se echó el gabán al brazo,
y ni siquiera se puso en el cuello
su bufanda de seda.

Cuando iba paseando hacia su casa, fumando un cigarrillo, dos muchachos vestidos de etiqueta
se cruzaron con él.

Oyó como uno de ellos cuchicheaba a su compañero: “Es Dorian Grey.
” Recordó cómo le gustaba, antes,
que la gente le señalara con el dedo,
le mirase o hablara de él.

Ahora le cansaba oír su propio nombre.
La mitad del encanto que tenía para él
el pueblecito donde había ido
con tanta frecuencia últimamente,
era que allí nadie le conocía.

Había dicho muchas veces a la muchacha
a quien indujo a que le amara,
que era pobre, y ella le creyó.
Una vez le dijo que era malo,
y ella se echó a reír
y le respondió que los malos
eran siempre muy viejos y muy feos.

¡Qué risa tenía Hetty!
Exactamente como el canto de un tordo.
¡Y qué bonita estaba con su vestido de algodón
y sus anchos sombreros!
Era ignorante, pero tenía todo cuanto él
había perdido.

Cuando llegó a su casa, encontró a su criado, el cual le esperaba.
Le mandó acostar, se echó sobre el sofá de la biblioteca y empezó a pensar en lo que le había dicho lord Henry.

¿Era realmente verdad que no podía cambiar?
Sintió un ardiente anhelo por la pureza inmaculada de su adolescencia, su adolescencia coronada de rosas blancas, como lord Henry
la denominó una vez.

Sabía que él mismo la había empañado,
y corrompido totalmente su espíritu,
causando horror a su imaginación;
que tuvo sobre los demás una influencia perversa
y que experimentó en ser así una terrible alegría:
que de tantas vidas que cruzaron por la suya,
eran las más bellas y las más llenas de promesas
las que él había llenado de vergüenza.

Pero, ¿era todo aquello irreparable?
¿No le quedaba ninguna esperanza?
¡Ah, cómo deploraba el monstruoso momento
de orgullo y de pasión
en que rogó en una loca oración
que el retrato cargase con el peso de sus días
y que él conservase el inmaculado frescor de la eterna juventud!
Todo su fracaso se debía aquello.
Mejor hubiera sido para él que cada pecado de su vida trajese consigo su seguro y rápido castigo.
Hay una purificación en el castigo.
La oración de un hombre al más justo Dios
debiera ser no “perdónaos nuestras deudas”,
sino “castíganos por nuestras iniquidades”.

El espejo maravillosamente tallado que le había regalado lord Henry,
hacía tantos años, descansaba sobre la mesa,
y los cupidos de miembros blancos, reían a su alrededor, como siempre.
Lo levantó, y como hizo aquella noche de horror,
cuando por primera vez notó el cambio en el retrato fatal, se miró, con los ojos empañados de lágrimas, en aquel bruñido círculo.

En una ocasión, alguien
que le había amado locamente
le escribió una carta delirante que terminaba
con estas palabras idólatras:
“El mundo ha cambiado porque tú estas hecho de marfil y de oro.
Las curvas de tus labios escriben de nuevo la historia.”
Aquellas frases le volvieron a la memoria,
y se las repitió a sí mismo varias veces.
Luego odió su propia belleza, tiró al suelo el espejo y aplastó con su tacón
los plateados trozos.
Era su belleza lo que le había perdido,
su belleza y aquella juventud por la que hizo
una súplica.
Pero, a pesar de aquellas dos cosas,
su vida hubiera podido mantenerse inmaculada.

Su belleza había sido tan sólo una máscara para él.
Su juventud, sólo una burla.
¿Qué es, a lo sumo, la juventud?
Una época prematura, una estación de impulsos caprichosos y de pensamientos enfermizos.
¿Por qué había él llevado su librea?
La juventud le había perdido.
Pero, ¿no sería mejor no pensar en el pecado?
Nada podía alterar todo aquello.
Era en sí mismo, en su propio porvenir,
en lo que tenía que pensar.
Jaime Vane yacía en una tumba sin nombre en el cementerio de Selby,
Alan Campbell se mató una noche en su laboratorio,
pero sin revelar el secreto que le había
obligado a conocer.
La agitación actual suscitada sobre la desaparición
de Basilio Hallward desaparecía muy pronto.
Ya iba disminuyendo.
Estaba ahora perfectamente a salvo.
Realmente, era la muerte de Basilio Hallward
la que pesaba más sobre su espíritu.
Era muerte en vida de su propia alma la que le trastornaba.
Basilio pintó el retrato que había mancillado su vida.
No podía perdonarle aquello.
Era el retrato el causante de todo.
Basilio le dijo cosas insoportables y que, sin embargo, él escuchó con paciencia.

El asesinato había sido simplemente
una locura momentánea.
En cuanto a Alan Campbell, su suicidio
había sido un acto espontáneo,
escogido libremente.
Él era inocente.
¡Una nueva vida! Era lo que necesitaba.
Lo que esperaba.
Seguramente había empezado ya.
Había respetado a un ser inocente.
No tentaría más la inocencia. Quería ser bueno.
Al pensar en Hetty Merton, se preguntó si
el retrato de la habitación cerrada había cambiado.
¿Ya no seguiría tan horrible?
Quizá, si su vida se purificara, fuese capaz de expulsar toda señal de perversa pasión de su cara.
¿Quizá habrían desaparecido ya las señales del mal?
Quería ir a verlo.
De la mesa cogió la lámpara y se deslizó por la escalera.
Cuando abrió la puerta, una sonrisa
de alegría cruzó su rostro,
que parecía extrañamente joven, y se detuvo un momento en sus labios.
Sí, sería bueno, y la horrible tela que cuidadosamente ocultaba dejaría de causarle terror.
Sintió como si se hubiera ya librado de aquella carga.
Entró tranquilamente, cerrando la puerta
detrás de él,
como era su costumbre, y tiró de la cortina
púrpura que ocultaba el retrato.
Un grito de dolor y de indignación se le escapó.
No veía ningún cambio excepto en los ojos,
donde había una expresión de astucia, y en la boca,
fruncida por la arruga de la hipocresía.
La cosa resultaba, sin embargo, repugnante,
más repugnante a ser posible que antes,
y el rocío escarlata que manchaba la mano
tembló como sangre vertida recientemente.
Entonces tembló.
¿Era simplemente vanidad lo que provocó su buena acción?
¿O era el deseo de una nueva sensación,
como había insinuado lord Henry con su burlona risa?
¿O ese afán de representar un personaje
nos hace realizar cosas mejores que nosotros mismos?
¿O quizá todo ello? ¿Y por qué la mancha roja era mayor?
Parecía extenderse como una enfermedad horrible
sobre los arrugados dedos.
Había sangre a los pies, como si el lienzo hubiese goteado, sangre hasta sobre la mano que no empuñó
el cuchillo
¿Confesar? ¿Sabía él lo que quería decir confesar?
¿entregarse él mismo y ser empujado hasta la muerte?
Se echó a reír.
Comprendió que la idea era monstruosa.

Además, aunque confesase, ¿quién le creería?
No había ninguna huella del hombre asesinado en ninguna parte, todo lo que le perteneció
se hallaba destruido.
El mismo lo había quemado en el piso bajo.
El mundo diría simplemente que estaba loco.
Le encerrarían si persistía en su historia...
Sin embargo, su deber era confesar, sufrir la vergüenza pública y hacer una explicación,
pública también.
Existía un Dios que exhortaba a los hombres
a decir sus pecados en la tierra lo mismo
que en el cielo.
Hiciera lo que hiciese, nada podría purificarle
mientras no confesase su propio pecado.
¿Su pecado? Se encogió de hombros.
La muerte de Basilio Hallward parecíale una cosa insignificante.
Pensaba en Hetty Merton.
Era un espejo injusto aquel espejo de su alma
en que se miraba.
¿Vanidad? ¿Curiosidad? ¿Hipocresía?
¿No había nada más que eso en su renunciamiento?
Había algo más. Al menos, eso creía.
Pero, ¿quién podía decirlo...?
No. No había nada más.
Por vanidad la había respetado.
Por hipocresía había llevado la máscara
de la bondad.
Por curiosidad había intentado la renuncia.
Ahora lo reconocía.
Pero aquel crimen,
¿iba a perseguirle durante toda la vida?
¿Iba él a estar siempre bajo el peso de su pasado?
¿Debía realmente confesar? Nunca.
No había mas que una prueba contra él.
Su retrato era aquella prueba.
Lo destruiría. ¿Por qué lo había conservado tanto tiempo?
En otro tiempo encontraba placer en contemplar
cómo cambiaba y envejecía.
Desde hacía mucho no había experimentado
semejante placer.
Le tenía desvelado por la noche.
Cuando salía, sentíase lleno de terror de que
los otros pudiesen verlo.
Había aportado la melancolía a sus pasiones.
Su simple recuerdo le echaba a perder muchos momentos de alegría.
Había sido como una conciencia de sí mismo.
Sí, había sido su conciencia. Lo iba a destruir.
Mirando a su alrededor, vio el cuchillo con el cual hirió a Basilio Hallward.
Lo había limpiado muchas veces, hasta que no quedó ni una mancha en él.
Relucía.
De la misma manera que había matado al pintor,
mataría su obra y todo lo que encerraba de misterio.
Mataría el pasado, y cuando hubiese muerto, seria libre.
Mataría aquella monstruosa alma viva y, sin sus horrendas advertencias, recobraría el sosiego.
Cogió el cuchillo y con él apuñaló el retrato.
Se oyó un grito y una caída.
El grito de agonía fue tan terrible
que los criados, despavoridos,
se despertaron y salieron de sus cuartos.
Dos señores que pasaban por la calle
se detuvieron y miraron hacia la gran casa.
Siguieron andando hasta encontrar a un policía
y lo llevaron hasta la casa.
Este llamó a ella varias veces, pero no contestaron.
Excepto una luz en una de las ventanas más altas,
la casa estaba completamente a oscuras.
Al cabo de un rato, el policía se marchó
y fue a situarse junto a una puerta vecina, observando.
- ¿De quién es esta casa? –preguntó el más viejo de los dos señores.
- Del señor Dorian Gray –respondió aquél.
Miráronse uno a otro, y al irse hicieron un gesto de desprecio.

Uno de ellos era el tío de sir Enrique Ashton.

Dentro, en las dependencias de la servidumbre, los criados, a medio vestir, hablaban entre ellos en voz baja.
La vieja señora Leaf gritaba y se retorcía las manos.
Francisco estaba pálido como un muerto.
Cerca de un cuarto de hora después,
se dirigió éste al piso de arriba con el cochero
y con uno de los lacayos.
Golpearon la puerta, pero nadie contestó.
Llamaron desde fuera. Todo estaba tranquilo.
Por último, después de haber intentado inútilmente
forzar la puerta, subieron al tejado y se dejaron caer sobre el antepecho.
Las ventanas cedieron fácilmente: los cerrojos eran viejos.
Al entrar, vieron colgado en la pared un espléndido retrato de su amo, tal como lo habían visto últimamente, en toda la maravilla de su exquisita juventud y de su belleza.

Tendido sobre el suelo había un hombre muerto,
en traje de etiqueta,
con un cuchillo en el corazón.
Estaba ajado, lleno de arrugas y su cara era repugnante.
Hasta que examinaron las sortijas,
no supieron quién era el hombre que yacía muerto.